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Authors: Jean-Pierre Andrevon

Tags: #Ciencia Ficción

Retorno a la Tierra

BOOK: Retorno a la Tierra
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Cinco amigos, cuatro jóvenes escritores, reunidos en torno a unas copas, se proponen escribir otros tantos relatos sobre un tema bien conocido por los amantes de la ciencia-ficción: los hombres regresan a su planeta originario para comprobar que ha desaparecido del mismo hasta el menor rastro de civilización… ¿o tal vez no?

Tema eterno, tema de la literatura grande que ha inspirado aquí a cinco variaciones sorprendentes, tan distintas como puedan serlo cinco temperamentos literarios originales. Mientras disfruta de estos relatos, el lector asiste «desde dentro» al proceso de creación fantástica.

JEAN-PIERRE ANDREVON es cabeza de serie de la generación actual de autores galos de ciencia-ficción, sucesores de los Henneberg, Klein, etc. Se reveló en la famosa revista francesa «Fiction».

Jean-Pierre Andrevon

Retorno a la Tierra

ePUB v1.0

arthor
28.08.12

Título original:
Retour à la Terre

Philippe Curval / Daniel Walther / Jean-Pierre Andrevon / Pierre Marlson / Francis Carsac, 1976.

Traducción: Emilio Salas

Diseño/retoque portada: David Pelham

Editor original: arthor (v1.0)

ePub base v2.0

Prólogo

La selección que hoy tenéis entre las manos nació gracias a la gran espontaneidad que produce el consumo masivo de alcohol: hallándose reunidos dos de los autores en una tasca, entre vasos y botellas y en la digna compañía de Henri Baudin, universitario muy conocido por su libro de consulta sobre ciencia–ficción. Gracias a esta compañía, que daba un carácter oficial a nuestras libaciones, uno de nosotros pidió a Baudin que nos propusiera un tema de redacción, que nos comprometeríamos a desarrollar sobre el terreno, a lo vivo. Tras unos instantes de profunda reflexión, durante los cuales el profesor apoyaba sobre ambas manos la ancha frente que contenía sus engranajes en acción, el tema nos fue suministrado a pequeñas dosis, entrecortadas por la gorgoteante ingestión de ciertos líquidos ambarinos y reverberantes bajo los neones.

—Imaginemos —dijo aproximadamente Baudin— unos viajeros que regresan a la Tierra después de una larga ausencia y no reconocen nada de lo que dejaron. Llegan del espacio o del tiempo y, por otra parte, tal vez no sean sino lejanos descendientes de los primeros emigrantes, por lo que no vieron jamás el planeta madre. En lugar de encontrar un mundo super–industrializado, descubren, descubren…

—Verduras.

La palabra había sido lanzada, o más bien el concepto que representaba. No recuerdo quién fue el que habló pero no importa; teníamos nuestro tema: los hombres enfrentados a una civilización de verdolagas, a un mundo de lechugas, a una Tierra dominada por los cactus. Es obvio que los relatos así obtenidos no fueron paridos allí mismo, entre los vapores volátiles del alcohol. Una novela no se escribe por las buenas; se necesitan recursos y una buena ráfaga de aire que remueva las ramas entretejidas de esa coliflor a la que llamamos nuestro cerebro. Fueron ganados para la causa otros tres autores (en realidad fueron más, pero ya se sabe que siempre ocurren deserciones a medio camino.) que respondieron con entusiasmo, haciendo filigranas sobre cómo entendían el tema, cómo los inspiraba. Naturalmente, y según era de esperar, la idea original fue dejando sus plumas (perdón, sus hojas) a lo largo del camino, y sólo dos textos de entre los cinco aquí recogidos (a ver si adivináis cuáles) son fieles al planteamiento inicial.

Pero esto no tiene la menor importancia. Lo esencial es que una selección de esta clase haya podido ser emprendida y publicada. Aunque, en el dominio de la S–F, ciertos autores (entre los que me cuento) ya han editado selecciones de sus propios textos, y aunque se publican a menudo antologías reuniendo a distintos autores, pero siempre a base de obras ya publicadas, ésta es, que yo sepa, la primera vez que se publica una selección de distintos autores franceses reuniendo únicamente
relatos inéditos
escritos sobre un
mismo tema
de base. Cualquiera que sea el valor de los textos propuestos,
Retorno a la Tierra
, a mi juicio, marca un hito en la edición especializada de la S–F en Francia. Escribo lo que pienso, con una alegría interior sólo comparable a la delicada modestia que me envuelve con su inmaculada luz, y sin olvidar que la causa primera de su existencia fue el alcohol que una tarde…

Pero hablemos con seriedad. Al menos, durante un rato; sólo el tiempo de pasar algunas páginas.
Retorno a la Tierra
es doblemente representativa de una orientación y de una continuidad. La orientación es el color
verde
que revisten todos los textos aquí presentados: un bueno y viejo verde clorofílico que huele a campo, a regreso súbito de una «naturaleza» demasiado tiempo olvidada por la S–F, donde el futuro más bien se presentía como triunfo alquitranado y metalizado de una tecnología invasora, que implicaba turbadoras promesas de una edad de oro en circuito cerrado. Hoy día, ante el grito de alarma de los ecólogos, ante las nuevas reivindicaciones sobre la calidad de la vida y el bienestar, ante los graves peligros que la contaminación y la explotación desmesurada de los recursos planetarios hacen pesar sobre nuestro ambiente e incluso sobre nuestra propia supervivencia, este futuro ya «pretérito» nos parece odioso, desnaturalizado. Y conste que no jugamos con las palabras, sino con el sentido de las mismas.

El futuro ya no es lo que solía ser
, ha escrito Arthur C. Clarke. ¡Exacto! La S–F de papá ha cedido el paso a la S–F del chaval, una S–F melenuda, contestataria, lúcida, más terrestre; una S–F que se convierte en portavoz de las ideas ecológicas, de las luchas ecológicas… Eso no significa que nuestras narraciones «apunten» a esa dirección; quiero decir simplemente que la anuncian, que poseen una coloración que pronto será la de las obras maestras de sus adornos, de su tramoya de falsa futurología. Verdad es que casi todos los relatos de
Retorno a la Tierra
hablan del fin del mundo, pero más bien para advertirnos que el futuro del mundo, o será verde, o no habrá tal futuro… En cuanto a la continuidad, se manifiesta en la asociación aquí realizada. Francis Carsac y Philippe Curval pertenecen a la primera generación que después de la guerra intentó volver a lanzar la S–F en Francia. Nos dieron la mayor parte de su obra durante los años 1950, particularmente en «Le Rayón Fantastique», colección ya desaparecida pero que en su tiempo inició el camino. La prueba de que todavía no se consideran jubilados de la S–F es que han vuelto a coger la pluma (por otra parte, no es la primera vez) para el presente volumen. Daniel Walther y yo mismo representamos la generación intermedia, ya que hicimos nuestras primeras armas como profesionales del tema hace seis o siete años. ¡Y ambos estamos muy decididos a continuar! En cuanto a Pierre Marlson, es el benjamín del grupo, pues aún es reciente su aprendizaje en los fanzines y en la revista «Fiction». ¡Pase lo que pase, conviene subrayar que nuestra unión es fraterna y que no existe conflicto generacional!

Aclarado esto, no voy a pretender que esos cinco autores representen la S–F francesa actual, ni tampoco que proporcionen de la misma una visión sintética y suficiente. Sería muy difícil darle un rostro a esta S–F francesa, aprisionada como se encuentra entre la perniciosa y vivaz influencia de los escritores de la edad de oro anglosajona y la admiración ingenua y virulenta frente a los jóvenes lobos de la
New Wave
(o
New Thing
), del mismo origen… En Francia la ciencia–ficción nunca acaba de nacer, de sucumbir y renacer; es una literatura perpetuamente adolescente, acometida por modas y modelos de cuya imitación no consigue librarse, condenada a doblar el espinazo bajo los golpes del Gran Hermano americano, idolatrado pero al mismo tiempo castrador. ¿Cuántos de entre nosotros no hemos bajado los brazos y dejado caer el bolígrafo después de leer el último gran libro de Van Vogt, Bradbury, Leiber, Simak, Matheson, Silverberg, Brunner, Ellison, Disch o Zelazny? Este proceso de alienación, de aculturación, lo vivimos (al menos por delegación) desde que la guerra cortó nuestras raíces primordiales que eran Spitz y Messac, a su vez sucesores de Renard y de Rosny, hijos espirituales de Julio Verne. Desde 1951, las obras anglosajonas nos han desbordado, las traducciones han abarrotado los cajones de los editores especializados que no querían aceptar en francés sino lo que tuviese una calidad comparable a los más prestigiosos colegas del otro lado del canal o del otro lado del Atlántico. A excepción de algunas grandes individualidades como Francis Carsac, Gérard Klein, Rene Barjavel o Stefan Wul, ¿cuántos han resistido al rodillo compresor? Pues nunca se insistirá lo suficiente en que el largo aprendizaje del escritor sólo se hace escribiendo; y la más poderosa motivación para escribir, es, desde luego, la de ser editado; nunca hubo círculo más vicioso…

De todos modos, actualmente la situación ha cambiado o al menos empieza a cambiar. Los viejos autores americanos de S–F empiezan a agotarse, y sus obras todavía inéditas siguen el mismo camino; los nuevos meten ruido, pero presentan pocas cosas aprovechables. Existe pues un hueco que la S–F francesa puede llenar, aunque sea abriéndose paso a codazos y alzando la voz. La presente recopilación es nuestro grano de arena; sólo representa a una fracción de la S–F francesa real o posible: cinco personas privilegiadas, un libro. Pero pueden seguirnos mañana treinta o cuarenta autores que en estos momentos sólo se dedican a una actividad esporádica, y pasado mañana otros cien o doscientos de los que hoy están haciendo palotes en sus cuadernos escolares. Tal vez les bastaría con adquirir un poco de seguridad en sí mismos, y que los editores especializados los ayuden a conservarla. Cuando se haya publicado una veintena de selecciones de este tipo, podremos ver más claro y otear de nuevo el panorama.

Mientras tanto, ahí queda eso para leer. Al menos me habrá permitido hacer un trabajo que ha venido a ser casi una especialidad para ciertos colegas anglosajones o franceses: escribir un prólogo. ¿Será una epidemia? Pero ¡qué placer inefable!

Jean–Pierre Andrevon

ASÍ SE ABURREN EN UTOPÍA

Francis Carsac

La batalla con el crucero melanio sólo duró diez segundos, pero causó dos muertos a bordo de la
Aventurera
. El compartimiento diecisiete quedó abierto sobre el vacío. Nadie supo qué había sido de la astronave enemiga. Los vigías de tiro anotaron dos blancos en el objetivo.

El capitán Ron Varig no perdió el tiempo maldiciendo la mala suerte que les había hecho ingresar en el espacio normal a dos pasos de un enemigo. Eran gajes de aquella estúpida guerra que venía durando siglos sin que nadie supiera exactamente por qué, ni quién la empezó. Las negociaciones de paz se eternizaban en el planeta neutral de Telma, y no sólo por culpa de los diplomáticos. ¿Cómo detener un conflicto extendido sobre cerca de quince mil años luz y que afectaba a más de diez mil planetas? Cada vez que se llegaba a un acuerdo, algún imbécil o algún exaltado reavivaba las llamas. Y Varig creía tan poco en la buena fe de su pueblo como en la del enemigo.

Y sin embargo, los enemigos también eran humanos o casi, a pesar de su piel negra. Algunos antropólogos incluso pretendían que los Melanios (lo que significa Negros —ellos se llamaban a sí mismos los Afrans—) eran originarios del mismo planeta que los Waites, un mundo probablemente mítico llamado Eurss o Terra, según las leyendas. Casi todos los documentos relativos a los orígenes se perdieron doce mil años atrás, cuando el sol de Madissa estalló, convirtiéndose en Nova. Los supervivientes se dispersaron en todas direcciones, buscando tierras hospitalarias, y durante diez siglos o quizá más vivieron aislados, reconstruyendo la civilización en condiciones frecuentemente difíciles, antes de poder pensar en renovar los vínculos de la raza a través de las inmensidades interestelares. La misma Federación sólo contaba cuatro mil seiscientos años de existencia; tan lento fue este proceso de reunificación.

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